Promesa a la bandera: acto patriótico o ritual vacío

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Promesa a la bandera: acto patriótico o ritual vacío
Promesa por obligación

Hace poquitos días se realizó en Argentina la tradicional Promesa a la Bandera, en conmemoración del fallecimiento de Manuel Belgrano, ocurrido el 20 de junio de 1820.

Como docente, ya participé en más de treinta de estos actos. Los vi desde distintos lugares: como maestro, como espectador, como organizador. Y justamente esa experiencia es la que me llevó, año tras año, a sentir una incomodidad cada vez mayor.

No porque considere que la Bandera o Manuel Belgrano hayan perdido importancia. Todo lo contrario. Mi preocupación es que, con el paso del tiempo, el acto pareciera haber conservado intacta su forma, pero haber perdido gran parte de su sentido.

Quizás en los primeros años de nuestra historia como país, este tipo de ceremonias cumplían una función fundamental. Era necesario construir una identidad nacional común en una sociedad muy diversa.

Sin embargo, el mundo cambió profundamente. La tecnología, la globalización, los nuevos enfoques sobre la infancia, la ampliación de derechos y las transformaciones culturales modificaron nuestra manera de entender la educación y la ciudadanía.

Y, sin embargo, la Promesa a la Bandera pareció haberse detenido en el tiempo.

Entonces me surge una pregunta inevitable: ¿por qué seguimos haciéndola exactamente igual? O, mejor dicho, ¿por qué casi nadie parece preguntarse si podría hacerse de otra manera?

No tengo respuestas definitivas. Solo algunas preguntas que, como docente, hace años me acompañan.

La primera tiene que ver con la propia idea de la promesa. Hoy los alumnos la realizan de manera obligatoria, salvo contadas excepciones (razones religiosas). Pero una promesa ¿conserva su valor cuando no nace de una decisión personal? ¿Obligar a alguien a prometer aumenta el compromiso o simplemente consigue una respuesta esperada por los adultos?

También me pregunto cuánto comprende realmente un niño de nueve años acerca de lo que está prometiendo. La promesa habla de valores enormes: la Patria, la libertad, la ciudadanía, el compromiso con un ideal.

Son conceptos profundamente abstractos, que muchas veces todavía no tuvieron oportunidad de experimentar en su propia vida.

Y aquí aparece otra pregunta, quizás incómoda pero necesaria: ¿los chicos realmente se sienten argentinos? ¿Qué significa hoy sentirse parte de una nación?

Nunca voy a olvidar una conversación con algunos alumnos que me dijeron, con total sinceridad, que les hubiera gustado que Argentina nunca se hubiera independizado de España. Su argumento era simple: así podrían comprar tecnología más barata.

Puede sonar superficial, pero detrás de esa respuesta hay algo mucho más interesante: evidencia que muchos chicos todavía no lograron construir un vínculo significativo con la idea de país. Y eso difícilmente pueda resolverse con una ceremonia de una mañana.

Hay otro aspecto que siempre me genera ruido: el foco del acto.

Con demasiada frecuencia parece importar más que todo "salga lindo" que preguntarnos qué queda en los chicos después de vivir esa experiencia.

Nos preocupamos junto con las familias por la decoración, la torta, el vestuario, las fotos, las banderitas, los videos para las familias... y, mientras tanto, el verdadero protagonista corre el riesgo de quedar en un segundo plano.

Algo similar ocurre durante la preparación.

Año tras año vemos las mismas actividades: decorar banderas con bollitos de papel, pintar escarapelas, confeccionar afiches. Son propuestas que pueden tener valor artístico, pero me pregunto si alcanzan para construir un verdadero significado alrededor de la figura de Belgrano y de los valores que supuestamente queremos transmitir.

¿No estaremos confundiendo producción manual con aprendizaje?

Luego llega el momento central: la promesa.

La directora lee un texto cuya redacción está estipulada hasta el último detalle y escrito por un burócrata hace mucho tiempo atrás. Los alumnos escuchan atentos, esperando casi únicamente la palabra final que les indicará cuándo responder, todos juntos y al unísono:

—¡Sí, prometo!

Y el acto termina.

Siempre me queda la sensación de que esas palabras pertenecen más al mundo de los adultos que al de los niños. Son solemnes, formales, casi jurídicas. Pero rara vez sabemos qué significan realmente para quienes acaban de realizar su promesa.

Por eso creo que ya es hora de volver a pensar esta tradición. Creo que deberíamos encontrar maneras de devolverle profundidad.

Imagino, por ejemplo, que la promesa pudiera realizarse cuando cada niño sintiera que está preparado para hacerlo, en cualquier momento de la escuela primaria, de manera similar a lo que sucede en el movimiento scout, cuando realizan su promesa.

Imagino una escuela donde, a lo largo de toda la escolaridad, los chicos vivan experiencias concretas de ciudadanía: colaborando con campañas solidarias, cuidando espacios públicos, ayudando a personas mayores, participando en proyectos ambientales, comprometiéndose con su comunidad...

Quizás sea a través de esas experiencias donde la palabra "Patria" empiece a adquirir un significado verdadero.

También imagino que las palabras de la promesa pudieran nacer de los propios estudiantes.

Que escriban qué significa para ellos comprometerse con su país, con los demás, con su comunidad. Y que esas palabras sean leídas con solemnidad porque nacieron de una reflexión auténtica y no porque alguien las escribió hace décadas o desde atrás de un escritorio.

Imagino actos donde importe mucho más lo que los chicos sienten que lo que los adultos mostramos.
  • Donde el presupuesto destinado a la decoración resulte secundario.
  • Donde la foto perfecta deje de ser la prioridad.
  • Donde la torta sea un detalle.

Realmente me gustaría que el verdadero protagonista volviera a ser Manuel Belgrano.

  • Conocer su historia.
  • Comprender sus ideales.
  • Descubrir sus contradicciones.
  • Entender por qué sigue siendo una figura relevante más de doscientos años después.

Y, quizás, que cada niño pudiera escribir unas pocas líneas respondiendo una sola pregunta:

¿Qué aprendí de Belgrano que puede ayudarme a ser una mejor persona?

Tal vez allí la promesa empezaría a tener un sentido mucho más profundo.

Sin embargo, no sé si alguna vez veremos cambios de este tipo.

A veces siento que estamos demasiado acostumbrados a repetir las tradiciones sin preguntarnos por qué existen. Cuando termina el acto solemos decir que "salió lindo" o que "hubo algunos problemas de organización". Pero pocas veces nos detenemos a pensar si realmente logró conmover, hacer reflexionar o dejar una huella.

Ojalá alguien lea estas líneas y piense:

"Yo también me hice esas preguntas."

Porque, si eso ocurriera, quizá podría pensar que aún hay esperanza de transformar algo.