Cuando la inclusión se convierte en una coreografía
Hay escenas escolares que se repiten tanto que dejamos de interrogarlas. Las vemos una y otra vez hasta que terminan pareciéndonos naturales. Sin embargo, basta con detenerse unos segundos para que aparezca una pregunta incómoda.
En los actos del 25 de Mayo, del 20 de Junio, del 9 de Julio o en cualquier otra fecha patria, cada vez es más frecuente que un grupo de alumnos interprete el Himno Nacional Argentino mediante lengua de señas. He visto esta práctica en distintas escuelas y ciudades, hasta el punto de transformarse casi en una tradición. Y, sin embargo, nunca termino de comprender cuál es su verdadero sentido pedagógico.
Aclaro algo desde el comienzo para evitar malentendidos: este texto no cuestiona la lengua de señas. Todo lo contrario. La considero una herramienta de comunicación extraordinariamente valiosa. Precisamente por eso me preocupa verla utilizada de una manera que, sospecho, termina vaciándola de su significado.
Porque la lengua de señas es una lengua. Es decir, un sistema creado para que personas puedan comunicarse entre sí. Y entonces aparece una pregunta tan simple como incómoda: ¿con quién se están comunicando esos chicos?
Si entre el público hay personas sordas que necesitan acceder al contenido del himno, la escena adquiere un sentido evidente. La lengua cumple allí su función: comunicar.
Pero la mayoría de las veces eso no ocurre.
Los alumnos aprenden únicamente las señas correspondientes al Himno Nacional. No estudian la lengua. No aprenden a presentarse, a mantener una conversación, a preguntar cómo está otra persona ni a comprender una respuesta. Al día siguiente del acto, difícilmente puedan intercambiar dos minutos de diálogo con una persona sorda.
Entonces, ¿qué aprendieron realmente?
¿Aprendieron lengua de señas o aprendieron una secuencia de movimientos?
La diferencia no es menor.
Sería como enseñar a un grupo de alumnos a pronunciar una canción en japonés y luego afirmar que aprendieron japonés. Nadie aceptaría semejante conclusión. Sin embargo, cuando se trata de la lengua de señas, pareciera que nos conformamos con esa ficción.
Y aquí aparece un fenómeno que la escuela conoce demasiado bien: su enorme capacidad para transformar ideas valiosas en rituales vacíos.
La inclusión es una idea profundamente valiosa.
Pero una cosa es enseñar una lengua para ampliar las posibilidades reales de comunicación entre las personas. Otra muy distinta es utilizar apenas un fragmento de esa lengua como parte de una puesta en escena escolar.
Porque la inclusión no consiste en parecer inclusivos.
Consiste en eliminar barreras.
Si una escuela realmente considera importante la lengua de señas, quizás la pregunta no debería ser cómo hacer más emotivo el próximo acto patrio, sino cómo lograr que los estudiantes puedan comunicarse con una persona sorda cualquier día del año.
Eso sí sería una transformación significativa.
¿Cuántas de las prácticas que hoy llamamos "inclusivas" generan una inclusión real y cuántas simplemente nos hacen sentir que estamos incluyendo?