El fin de la mediación: cuando el relato del hijo es palabra sagrada

Una reflexión sobre la relación entre familias y escuela, la urgencia ante los conflictos, la autoridad docente y la necesidad de recuperar la mediación adulta.

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El fin de la mediación: cuando el relato del hijo es palabra sagrada

Hay algo que en algún momento se corrió de lugar. Se desacomodó. Se deformó. Y hoy aparece con una claridad incómoda: hay familias que creen que la escuela funciona a demanda, como un call center emocional abierto las 24 horas, con respuestas inmediatas y personalizadas. Y no. No funciona así. Ni debería.

Todo empieza, muchas veces, con un relato: el relato del niño. Un relato legítimo, subjetivo, cargado de emoción, de angustia, de enojo o de frustración. Un chico vuelve a su casa y cuenta que la maestra le gritó, que un compañero lo molestó, que lo retaron injustamente, que no lo dejaron hacer algo o que alguien le dijo algo que lo hizo sentir mal. Hasta ahí, nada que objetar.

El problema aparece cuando ese relato deja de ser el comienzo de una conversación y se convierte, sin mediación alguna, en su conclusión. Pasa a ser palabra sagrada, hecho consumado, versión incuestionable de lo sucedido. No hay preguntas, no hay contraste, no hay duda, no hay escala de grises. Hay una sola verdad: la que llegó a casa.

Y quizá allí esté ocurriendo algo más profundo de lo que parece: estamos renunciando a ejercer nuestro rol como mediadores. Mediar no significa desconfiar del niño o responderle: “Seguro hiciste algo”. Significa algo bastante más complejo: preguntar qué pasó, qué ocurrió antes, qué le dijeron exactamente, qué hizo él, quiénes estaban, cómo se sintió, si puede haber algo que no haya entendido. Y después escuchar también a la otra parte con la misma objetividad, con el genuino deseo de reconstruir lo sucedido.

La urgencia como forma de relación

Al desaparecer la mediación, lo que sucede es que el relato llega a casa, genera angustia y esa angustia vuelve inmediatamente a la escuela convertida en reclamo. Entonces la familia exige una respuesta ya. No necesariamente para comprender lo ocurrido, sino para calmar su propia ansiedad, descargar la angustia heredada y apagar el incendio emocional que entró por la puerta de la casa. Y la escuela, el docente o el directivo pasan a ocupar el lugar del responsable inmediato de reparar, explicar, resolver y, si es posible, pedir disculpas.

En esa lógica, los tiempos de la escuela molestan.
Que el docente esté dando clase, que el directivo esté atendiendo otras situaciones, que exista un protocolo, que haya una instancia previa de diálogo o que simplemente sea necesario reconstruir lo sucedido, parece irrelevante. La espera comienza a ser interpretada como desinterés, negligencia o incluso encubrimiento. La urgencia manda y la ansiedad gobierna.

Cuando saltarse los pasos funciona

Entonces aparecen escenas cada vez más frecuentes: familias que van directamente a la dirección sin haber hablado antes con el docente; familias que exigen ser atendidas “en el momento”; familias que, si la respuesta no llega con la velocidad esperada, interpretan la espera como una falta de compromiso. Y muchas veces encuentran directivos que, por miedo, por cansancio o simplemente para evitar que el conflicto escale, responden inmediatamente.

También existen situaciones en las que el reclamo llega a instancias superiores, como la supervisión escolar, antes incluso de que la escuela haya podido reconstruir lo ocurrido. Primero se atiende la queja y después se pregunta qué pasó. El orden se invierte y el mensaje que el sistema termina transmitiendo, aunque nadie lo haya decidido explícitamente, es bastante sencillo: reclamar rápido, fuerte y hacia arriba funciona.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿en qué momento se decidió que las familias no podían esperar? ¿En qué momento esperar una conversación, respetar una instancia o permitir que una institución reconstruya una situación empezó a ser interpretado como indiferencia? ¿En qué momento resignamos la idea de marco?

Porque un marco no es una barrera para impedir que las familias hablen. Es exactamente lo contrario: es la estructura que permite que puedan hacerlo sin que cada conflicto se convierta en una pulseada. Sin marco no hay diálogo, hay choque. Sin marco no hay escucha, hay imposición.

Cuando aparece el miedo

Detrás de todo esto hay algo todavía más profundo: el miedo. En algunos contextos, miedo a la violencia física; en otros, miedo a la amenaza legal. “Te voy a denunciar”, “voy a poner un abogado”, “esto no va a quedar así” son frases que forman parte del paisaje de muchas instituciones escolares. Se escuchan, circulan, se cuentan en las salas docentes y terminan instalándose en el imaginario profesional.

Cuando el miedo aparece antes que el conflicto, la institución empieza a actuar preventivamente frente a aquello que teme. Se eliminan pasos, se aceleran respuestas, se flexibilizan procedimientos y se atiende antes de tiempo para evitar que el conflicto escale. Aunque, paradójicamente, ese mismo gesto termine enseñando que escalar el conflicto es una estrategia eficaz.

Una asimetría silenciosa

También existe una asimetría que pocas veces se discute. En muchos conflictos escolares parece operar una presunción tácita: el reclamo familiar merece credibilidad inmediata; la palabra docente, en cambio, debe demostrar primero su legitimidad. El docente explica, justifica, reconstruye, presenta registros, busca testigos, demuestra qué hizo y por qué lo hizo. Esa posición defensiva termina erosionando algo esencial para cualquier tarea educativa: la posibilidad de ejercer criterio sin sentir permanentemente que cada decisión puede convertirse en un expediente.

Esto no significa que los docentes deban quedar fuera de todo cuestionamiento. Sería absurdo. Hay malos docentes, decisiones equivocadas, arbitrariedades y situaciones graves que deben investigarse y, cuando corresponde, sancionarse. Existen también situaciones que requieren intervención inmediata: violencia, abuso, discriminación o riesgos que pueden atravesar los niños y que no pueden esconderse detrás de la excusa de “los tiempos institucionales”.

Pero incluso allí conviene distinguir dos cosas: urgencia para cuidar no significa urgencia para juzgar. Intervenir rápidamente puede ser imprescindible. Dictar una sentencia inmediata, no.

Recuperar el lugar adulto

Decir que la familia tiene que encontrar nuevamente su lugar dentro de esta relación no significa atacar a las familias. Significa devolverles un rol mucho más importante que el de consumidores que reclaman un servicio: el rol de adultos. Escuchar a un hijo, sí. Acompañarlo, por supuesto. Defenderlo cuando sea necesario, también. Pero acompañar no significa confirmar automáticamente cada interpretación; cuidar no significa eliminar toda frustración; y creerle a un hijo no significa renunciar a preguntar.

Porque cuando un adulto pregunta “¿Qué pasó?” en lugar de reaccionar inmediatamente con “¿Quién te hizo esto?”, está enseñando algo. Está enseñando que los conflictos tienen versiones; que una injusticia debe repararse, pero primero hay que comprender qué ocurrió; y que no toda incomodidad necesita un culpable.

Está enseñando, en definitiva, que vivir con otros exige algo bastante más complejo que tener razón: exige mediación.

Para pensar

¿En qué momento el relato de nuestros hijos dejó de ser el comienzo de una conversación para convertirse en una sentencia inapelable?

¿Estamos enseñando a los chicos a atravesar los conflictos o a encontrar rápidamente un adulto que los resuelva por ellos?

¿Es posible educar en un entorno donde el miedo a la denuncia pesa más que el criterio profesional?