Tiempos pedagógicos frente a la cultura del ahora

Escuela y familia enfrentan un desafío clave: conciliar las demandas individuales y la cultura de la inmediatez con los tiempos y prioridades de la escuela.

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Tiempos pedagógicos frente a la cultura del ahora

De la demanda individual al bienestar colectivo

Hay algo que suele pasar desapercibido para muchas familias: la enorme complejidad que habita dentro de una jornada escolar.

Desde afuera, el trabajo docente puede parecer lineal, previsible, incluso rutinario. Sin embargo, puertas adentro, el aula es un espacio atravesado por múltiples emergentes simultáneos que exigen atención constante, decisiones rápidas y, sobre todo, mucha cabeza fría.

Un docente no gestiona solo contenidos.

Gestiona vínculos, emociones, conflictos, tiempos, urgencias, trayectorias diversas y realidades familiares muy distintas entre sí. Todo al mismo tiempo.

Por eso, muchas veces se producen desencuentros con las familias, no necesariamente por falta de compromiso de alguna de las partes, sino por una diferencia profunda en la manera de percibir lo que ocurre dentro de la escuela.

La familia mira —lógicamente— desde la singularidad de su hijo. Su preocupación tiene un nombre, una cara y una historia concreta. Si ese chico vuelve angustiado a casa, si tuvo un conflicto o si algo le preocupa, para esa familia el problema ocupa inmediatamente el centro de la escena.

La escuela, en cambio, tiene la obligación de mirar esa singularidad sin perder de vista al conjunto.

Ese mismo docente tiene delante veinte, veinticinco o treinta chicos, cada uno con su propia historia, sus necesidades, sus conflictos y, muchas veces, sus propias urgencias. Lo que para una familia constituye el problema del día, para el docente es uno más de muchos otros problemas que también requieren atención.

Y esa diferencia de perspectiva explica buena parte de los desencuentros.

Un ejemplo frecuente es el del cuaderno de comunicaciones. Para algunas familias resulta incomprensible que una nota enviada a la mañana no sea respondida ese mismo día.

Lo que no siempre se ve es todo lo que ocurrió mientras esa nota esperaba una respuesta.

Tal vez ese día el docente atendió peleas en el recreo, acompañó a un estudiante angustiado, reorganizó una clase porque faltaron varios chicos, intervino ante una situación de violencia verbal, explicó por quinta vez una consigna, calmó un llanto, medió en conflictos y trató de sostener el clima del grupo.

Y, además, enseñó.

Responder una nota también requiere tiempo, disponibilidad intelectual y un contexto medianamente apropiado. O, por lo menos, que el docente no tenga quince chicos gritándole en el oído mientras intenta hilvanar una respuesta coherente.

Algo similar ocurre con los pedidos de reuniones.

Muchas familias solicitan encuentros en función de su propia disponibilidad, sin contemplar que el docente solo puede atenderlas en determinados momentos: generalmente durante horas especiales, siempre y cuando esté presente el docente de esa materia y ese tiempo no deba destinarse a otra tarea pedagógica.

Aquí aparece uno de los grandes choques entre la cultura contemporánea y los tiempos de la escuela.

Vivimos acostumbrados a la inmediatez. Enviamos un mensaje y esperamos que aparezcan dos tildes. Hacemos una consulta y queremos una respuesta. Realizamos un pedido y podemos seguirlo desde una aplicación. Buena parte de nuestra vida cotidiana se organiza alrededor de la lógica del ahora.

Pero la escuela no es un servicio de atención al cliente.

Y no debería funcionar como tal.

La escuela tiene tiempos institucionales porque necesita ordenar prioridades, preservar espacios de trabajo y procurar que sus intervenciones tengan cierta calidad. No responder inmediatamente no significa necesariamente desatender. A veces significa, simplemente, que antes hay otras situaciones que requieren ser atendidas o que todavía no existen las condiciones adecuadas para dar una respuesta responsable.

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Crónica de un desencuentro

Hace no mucho tiempo, a la salida de la escuela, se presentó una madre con una exigencia clara:

Necesito una reunión para mañana. Es mi único día franco.
Mañana no tenemos horas especiales —se le explicó—. Le vamos a mandar en el cuaderno nuestra disponibilidad para reunirnos lo antes posible.

La respuesta llegó enseguida:
Mire, yo no sé cómo harán, pero yo quiero que me atiendan. Les conviene reunirse conmigo. Si no, le digo al padre que venga.

La frase quedó flotando con un significado bastante difícil de ignorar.

Así una necesidad particular se convierte en una exigencia institucional y, en este caso, en la utilización de una amenaza apenas velada para intentar modificar los tiempos de la escuela.

Yo necesito que sea mañana; por lo tanto, ustedes deben encontrar la manera.

Pero una escuela no puede organizarse alrededor de la disponibilidad particular de cada una de sus familias. Si lo hiciera, simplemente dejaría de funcionar como institución.

Lo colectivo exige otra lógica.

Implica comprender que existen necesidades individuales legítimas que deben ser escuchadas, pero que esas necesidades conviven con las de muchas otras personas. Y que administrar esa convivencia también forma parte de la tarea educativa.

Ahora bien, este puente no se construye solamente desde las familias.

También se construye desde la escuela.

A veces, el silencio institucional o una demora excesiva pueden ser interpretados como indiferencia. Si una familia plantea una preocupación y durante días no recibe siquiera una señal de que alguien la ha leído, resulta comprensible que aumente su ansiedad.

Por eso, respetar los tiempos institucionales no puede convertirse en una excusa para no comunicar. La escuela también debe aprender a hacer visibles sus propios tiempos: confirmar que un pedido fue recibido, explicar cuándo podrá ser abordado, ofrecer alternativas posibles y transmitir con claridad que la preocupación de esa familia está siendo considerada. No siempre es necesario resolver inmediatamente; muchas veces alcanza, en un primer momento, con hacer saber que se está escuchando.

Tal vez una alianza más saludable entre familias y escuela empiece justamente allí: en comprender que escuchar no significa obedecer una demanda ni responderla en el instante en que aparece. La familia necesita confiar en que la escuela atenderá aquello que preocupa a su hijo, y la escuela necesita que las familias comprendan que atender no significa hacerlo todo, para todos, al mismo tiempo.

Educar también supone administrar tiempos, establecer prioridades y pensar en el conjunto. Y, a veces, cuidar verdaderamente una situación exige algo bastante contrario a la cultura del “ahora”: darse el tiempo necesario para comprenderla antes de intervenir.


¿Qué ocurre con la escuela cuando cada necesidad individual empieza a sentirse con derecho a convertirse en una urgencia colectiva?