Los padres que no están

Cada vez más chicos atraviesan la escuela prácticamente solos. No porque no tengan familia, sino porque el acompañamiento cotidiano parece diluirse. Un llamado de atención sobre un vacío que la escuela nunca podrá reemplazar.

Share
Los padres que no están
El canal sigue ahí. Lo que muchas veces falta es alguien del otro lado.

El vacío que la escuela no puede llenar

Mientras escribo este artículo me invade una emoción difícil de sobrellevar: una mezcla de desánimo, cansancio y preocupación.
En algunas escuelas —me atrevería a decir que en muchas— los padres simplemente han desaparecido.
No hablo por supuesto de todos los padres. Sería profundamente injusto hacerlo.
Sin embargo, hablo de una realidad que, como docente, veo repetirse con una frecuencia que ya no puede considerarse excepcional.
No han desaparecido físicamente, sino en algo mucho más profundo y doloroso: en su presencia real en la vida escolar de sus hijos.
A veces los veo de lejos, merodeando cerca del horario de entrada o esperando la salida.
Algunos padres dejan a los chicos en la puerta y se van rápido.
Otros, directamente los dejan ir y venir solos, incluso a los seis o siete años.

Y así, en este diario devenir,

solas quedan sus tareas.
solas sus dudas.
sola la responsabilidad de acordarse qué hay que estudiar, qué hay que llevar, qué hay que firmar.
solas también sus emociones: el miedo, la frustración, la tristeza de un día difícil en la escuela y no tener con quién compartirlas.

En la vida de muchos chicos, falta ese adulto que los escuche con interés y atención plena.

Del otro lado hay silencio.

Aunque sé que las familias existen y podrían acompañar el proceso educativo, por alguna razón —cultural, laboral, social o ideológica— han decidido delegar casi todo en la institución.

Incluso cuestiones básicas que exceden ampliamente lo pedagógico: hábitos, valores, normas mínimas de convivencia. Como si también fuera tarea del maestro enseñar a decir «por favor» y «gracias».

Resulta paradójico: vivimos en una época de comunicación permanente, de mensajes instantáneos, de grupos, plataformas y notificaciones… y, sin embargo, la distancia entre escuela y familia parece cada vez mayor.

Así, los padres existen, pero no están,

no están para explicar por qué su hijo no estudió,
no están para acompañar un proceso de aprendizaje que requiere constancia,
no  están para sostener límites, rutinas, hábitos.

Simplemente han decidido —quizás sin decirlo— que hay otras cosas más importantes.

Y aquí es necesario decirlo con claridad y en voz alta:

La escuela puede enseñar contenidos. Puede acompañar procesos. Pero jamás podrá reemplazar el vínculo cotidiano de un adulto presente.

 — Luana, ¿quién te viene a buscar?
— No sé profe, quizás mi mamá o mi tía. Igual me dijeron que si no llegan me puedo ir sola.

La conversación duró apenas unos segundos. Pero siguió resonando durante horas. Porque no hablaba solamente de quién venía a buscarla. Hablaba de una infancia que, demasiado pronto, debía aprender a arreglarse sola.


Es momento de volver a poner este tema sobre la mesa, sin eufemismos ni rodeos. Ser padre o madre implica derechos, pero también responsabilidades. Y asumirlas no es una opción: es parte del rol.

Hay mucho en juego.
Demasiado.

Porque ningún niño debería sentir que la única persona pendiente de él durante buena parte del día es su maestro.


Si hoy revisamos nuestras prioridades, ¿qué lugar ocupa el acompañamiento real —no solo el logístico— en el día a día escolar de nuestros hijos?