Prohibir el celular es dejar de educar
Prohibir celulares en la escuela puede parecer una solución, pero ¿qué ocurre cuando los chicos salen de ella? Quizás estemos evitando enseñar justo lo que más necesitan comprender.
Sacamos de la escuela aquello que más necesitamos enseñar a comprender
Las escuelas parecen haber encontrado finalmente la solución al problema de los celulares: prohibirlos.
Se guardan al entrar, se dejan en una caja, permanecen dentro de la mochila o se establecen sanciones para quien los use. Y, aparentemente, problema resuelto.
Los chicos vuelven a mirarse, prestan más atención, conversan en los recreos y los docentes pueden dar clase sin competir permanentemente contra TikTok, WhatsApp o Instagram. Probablemente muchas de esas cosas sean ciertas y constituyan, además, buenas razones para limitar el uso de los dispositivos durante determinados momentos de la jornada escolar.
El problema es otro.
Mientras celebramos haber sacado los celulares de las aulas, quizás estamos sacando también de la escuela uno de los fenómenos que más urgentemente deberíamos estar enseñando a comprender.
Porque el celular desapareció del aula, pero no desapareció de la vida de los chicos.
Guardá el celular
Un adolescente puede pasar varias horas por día frente a una pantalla. Allí conversa con sus amigos, se informa, se entretiene y construye parte de su identidad. También observa cuerpos con los que compara el suyo, recibe publicidad diseñada específicamente para captar su interés, consume las opiniones de influencers que quizás conoce mejor que a muchos adultos de su entorno y se encuentra permanentemente con una mezcla difícil de distinguir entre información verdadera, falsa, exagerada o directamente manipulada.
Desde ese mismo dispositivo puede acceder a apuestas, pornografía, contenidos violentos o conversaciones con desconocidos. Y mientras hace todo esto, algoritmos extraordinariamente sofisticados aprenden qué le gusta, qué lo retiene, qué lo excita, qué lo indigna y, sobre todo, qué hace que no pueda dejar de mirar la pantalla.
Frente a semejante fenómeno cultural, tecnológico, económico y psicológico, una de las principales respuestas que encontró la escuela parece reducirse a una indicación bastante sencilla:
—Guardá el celular.
¿En serio eso es todo lo que tenemos para enseñar?
Este artículo me parece representativo del problema que afrontamos.
Prohibir puede ser necesario
Hay algo que conviene aclarar: quizás existan excelentes razones para limitar o incluso prohibir el uso del celular durante determinados momentos escolares.
Una clase necesita atención, una conversación necesita presencia y un recreo puede ser una extraordinaria oportunidad para relacionarse con otros sin una pantalla de por medio. No todo momento de nuestra vida necesita estar mediado por un dispositivo y la escuela tiene derecho a establecer condiciones que permitan enseñar, aprender y convivir.
El problema, entonces, no es establecer límites. El problema aparece cuando confundimos poner un límite con educar.
Podemos conseguir que un chico pase seis horas sin mirar TikTok mientras está en la escuela, pero tarde o temprano va a salir de ella. Y cuando lo haga, TikTok seguirá allí, junto con Instagram, YouTube, WhatsApp, los videojuegos, las apuestas online, la publicidad personalizada, los influencers, los algoritmos y la inteligencia artificial.
Todo ese universo seguirá esperándolo exactamente donde lo dejamos.
Entonces aparece una pregunta bastante incómoda: ¿qué aprendió durante todos esos años de escuela para enfrentarse a ese mundo?
El celular debería entrar a la escuela de otra manera
Quizás llegó el momento de dejar de discutir solamente si el celular debe estar arriba o debajo del banco y empezar a hacernos una pregunta mucho más interesante: ¿por qué el celular no es también objeto de estudio?
No estoy hablando simplemente de “usar tecnología en el aula”. Reemplazar una cartulina por una presentación digital, proyectar un video o hacer una actividad en una plataforma no significa necesariamente que estemos educando sobre tecnología.
Estoy hablando de estudiar el dispositivo y, sobre todo, el mundo que existe dentro de él.
Un alumno debería tener oportunidades para preguntarse por qué desbloquea el teléfono aunque nadie le haya escrito, por qué algunas aplicaciones parecen tan difíciles de abandonar o por qué las notificaciones están diseñadas de determinada manera. Debería poder comprender cómo decide TikTok cuál será el próximo video que verá, por qué dos personas pueden buscar información sobre un mismo tema y terminar habitando mundos informativos completamente diferentes o qué sabe realmente una aplicación sobre quienes la utilizan.
También debería poder hacerse preguntas económicas y políticas: ¿por qué una aplicación que utilizamos gratuitamente puede valer miles de millones de dólares?, ¿quién gana dinero mientras hacemos scroll?, ¿qué estamos entregando a cambio?
Y, por supuesto, debería aprender a preguntarse cómo reconocer una noticia falsa, cómo distinguir una publicidad cuando parece simplemente una recomendación espontánea de un influencer, por qué los contenidos que provocan indignación circulan con tanta facilidad o qué puede ocurrir con nuestra capacidad de atención cuando nos acostumbramos durante horas a cambiar de estímulo cada pocos segundos.
Esas preguntas también son educación.
Quizás hoy sean algunas de las preguntas más importantes que podríamos enseñar a formular.
Saber usar un celular no significa comprenderlo
Existe además una idea bastante engañosa sobre los chicos actuales: como nacieron rodeados de tecnología, suponemos que son “nativos digitales” y que, por lo tanto, saben manejarse en ese mundo.
Probablemente sepan utilizar muchas herramientas extraordinariamente bien. El problema es que saber usar una tecnología no significa comprenderla.
Un chico puede dominar cinco redes sociales sin saber reconocer cuándo un algoritmo está condicionando aquello que ve. Puede encontrar cualquier información en segundos y no disponer de herramientas suficientes para determinar si es verdadera. Puede conocer perfectamente cómo funciona Instagram desde el punto de vista técnico y no haber reflexionado jamás sobre el efecto que determinadas imágenes pueden tener sobre la percepción de su propio cuerpo.
Eso también es analfabetismo digital.
Y quizás sea un analfabetismo bastante más preocupante que no saber utilizar correctamente una hoja de cálculo.
Estamos compitiendo contra profesionales
Hay algo más que la escuela debería enseñar: detrás de muchas de las aplicaciones que utilizan nuestros alumnos no hay simplemente entretenimiento inocente. Hay empresas, modelos de negocio y enormes intereses económicos.
Hay diseñadores, ingenieros, especialistas en comportamiento, expertos en datos y profesionales de múltiples disciplinas trabajando para conseguir algo extraordinariamente valioso: nuestra atención.
Cada minuto adicional que permanecemos dentro de determinadas plataformas puede convertirse en dinero, y nuestros alumnos deberían comprenderlo.
Deberían saber que muchas veces no están simplemente eligiendo libremente “mirar otro video”, sino interactuando con sistemas cuidadosamente diseñados para aumentar las probabilidades de que quieran mirar uno más, y después otro, y después otro.
No se trata de enseñarles que la tecnología es mala ni de presentar a las redes sociales como una especie de enemigo del que deben escapar. Se trata de ofrecerles algo mucho más poderoso: la posibilidad de reconocer cuándo alguien está intentando influir sobre sus decisiones y comprender qué mecanismos utiliza para hacerlo.
Eso también debería hacer una escuela.
La escuela no puede sacar el mundo afuera
Durante mucho tiempo la escuela pudo permitirse construir una especie de mundo propio, organizado alrededor de sus libros, sus horarios, sus reglas y sus contenidos. Sin embargo, nuestros alumnos llevan hoy en el bolsillo una puerta hacia prácticamente todo el planeta.
Podemos pedirles que apaguen esa puerta durante algunas horas. Quizás incluso sea saludable y necesario hacerlo.
Lo que no podemos hacer es fingir que la puerta no existe.
Porque educar no consiste solamente en crear un espacio protegido de aquello que puede resultar problemático. También consiste en preparar a una persona para comprender y enfrentar aquello que encontrará cuando ese espacio protegido termine.
Algún día nuestros alumnos saldrán de la escuela y nadie les pedirá que dejen el celular dentro de una caja. Nadie bloqueará TikTok durante seis horas, nadie decidirá permanentemente qué páginas pueden visitar y nadie estará detrás de ellos preguntándoles cuánto tiempo llevan mirando una pantalla.
Tendrán que decidir ellos.
Y quizás esa debería ser precisamente nuestra pregunta como educadores:
¿Les estamos enseñando a decidir?
Porque si nuestra única respuesta frente al celular fue prohibirlo, quizás hayamos conseguido algo importante: que nuestros alumnos no lo usaran durante algunas horas.
Pero también habremos desperdiciado una oportunidad mucho más importante: enseñarles a comprender aquello que probablemente llevarán en el bolsillo durante el resto de sus vidas.
